Todos conocemos el acoso al que los distintos operadores telefónicos someten a sus usuarios y a los ajenos. A todos nos molestan a las horas más intempestivas día si día también, para ofrecernos no se sabe que ventajas que ni nos importan, ni las queremos, ni nos interesan, sólo queremos poder llamar y recibir llamadas a un precio razonable y, en el caso de tener teléfono móvil, hacer lo mismo con los mensajitos SMS, lo demás, si nos interesa, nosotros mismos vamos a buscarlo.Y cuando no son las compañías telefónmicas son los bancos con sus tarjetas, operadores de viajes, aseguradoras, encuestas y demás morralla que Dios sabe cómo obtienen nuestros números para martirizarnos con sus insistentes telefonistas que se resisten, cada vez con más insistencia y por qué no reconocerlo, con mayor eficacia, a dejarnos colgar y continuar con nuestra plácida existencia y nuestros quehaceres que interrumpen sin rubor.
Estarán conmigo en que a veces son demasiado insistentes para conseguir su objetivo, no escatimando medios ni tiempo -el nuestro- ni insistencia. A continuación les voy a relatar un hecho verídico, al más puro estilo del gran Paco Gandía, pero que en lugar de suceder en su portentosa imaginación me sucedió a mí mismo este miércoles, a eso del mediodía. Palabra de honor que lo que les voy a decir es tan cierto como que me llamo Juan.
Pues bien, el dia citado de marras recibo una lamada de "la tarjeta" -no me especificaron cual- preguntando por mi padre, a lo cual me identifiqué como el hijo mayor del susodicho, le comuniqué que ha fallecido hace siete años pero que a pesar de todo podía decirme lo que fuera, más que nada para evitar problemas, que con la crisis que tenemos encima toda precaución con el dinero es poca.
La chica, muy amable ella, me dijo que sólo se trataba de una encuesta del grado de satisfacción de los clientes y que le gustaría poder hablar con mi padre para hacérsela y tal, a lo cual le respondí en el mismo tono cortés que desgraciadamente no iba a ser posible dado que mi padre se encontraba fallecido. Pero no acabó aquí la cosa, ya que de acabar aquí no tendría la menor importancia. Lo curioso del asunto es que, insistiendo hasta el extremo, como es costumbre en su profesión, me preguntó que si sería posible poder hablar con mi padre a lo largo del día. Imagínense mi sorpresa al escuchar esto. Aunque claro, tengo la mala costumbre de no quedarme callado y sencillamente le espeté "lo siento, pero ya le digo que ha muerto".
Bueno, la chica se disculpó como buenamente pudo, tan atropelladamente que no parecía la misma chica locuaz y mesurada de antes y así terminó nuestra conversación, con alguna carcajada mía de añadidura por tan absurda situación. Y es que no me negarán que la situación, aunque algo macabra, no es para echarse a reír.
Espero que me perdones desde allá arriba, papá, no pude evitar reírme, y supongo que tú tampoco.
Por cierto, ¿qué puñetas entendería la muchacha cuando le decía que habías fallecido?. Cualquiera sabe.


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